jueves, 18 de octubre de 2007

Paraíso

Ricardo caminaba despreocupado por el parque un día de verano, soleado y claro. Aquella no podía ser una postal más clásica: niños jugando, familias riendo, cometas en el cielo, barcos en el lago, perros trotando junto a sus amos, parejas enamoradas; en resumen un hermoso cliché. Ricardo continuó su caminata despacio, aspirando con calma el aire de esa mañana, admirando los colores que le saturaban la vista con brillos y reflejos familiares; matices que se combinaban de manera perfecta en un cuadro que ningún talento podría reproducir.

Blanco, azul, rojo, blanco, azul, rojo. La sucesión de colores llegó hasta donde él estaba, sacándolo repentinamente de sus cavilaciones y haciendo que dirigiera su mirada hacia el suelo junto a sus pies, donde yacía esa colorida esfera de plástico; se inclinó y la tomó entre sus manos mirando a su alrededor tratando de determinar cuál era su procedencia. El cabello rubio y los ojos azules enmarcados en el pequeño rostro de tez blanca le dieron la respuesta inmediata. El niño extendía sus manos como saludando al desconocido que, en otras circunstancias, no habría llamado su atención pero en este caso le provocaba singular simpatía al sostener el objeto de su juego. El padre del niño observaba también al extraño con una franca sonrisa que reflejaba la brillantez del día, emanaba un aura de tranquilidad carente de toda sospecha de algo malo. Ricardo observó nuevamente los colores de la pelota y caminó hacia el pequeño niño, éste comenzó a brincar y gritar palabras ininteligibles, incapaz de ocultar su alegría por poder recuperar el colorido juguete. Ricardo colocó una rodilla en el suelo y entregó el balón al niño que miró inmediatamente a su padre como tratando de decirle, no con palabras sino con gritos y risas, que podían continuar sus juegos. El hombre agradeció el gesto y se alejó para seguir jugando con su hijo mientras Ricardo los veía alejarse aún hincado sobre el pasto recién cortado.

Por un momento recordó lo que había estado sucediendo durante los últimos días; las reuniones, La Planificación, La Construcción, La Colocación. Todo lo había llevado a este momento, todo estaba listo y ya nada podría detener lo que se había iniciado. Valdría la pena, pues no había honor más grande que caer durante la batalla en nombre de su dios. Se levantó y, aspirando el aire limpio de esa mañana, lleno sus pulmones elevando la vista hacia el sol hasta que la luz empezó a lastimar sus ojos, los cerró dejando que el viento golpeara su rostro y se permitió susurrar una oración. Una última oración.

El resplandor provocó que todos los colores se convirtieran repentinamente en un blanco brillante haciendo que todas las miradas se concentraran en una sola dirección, al otro lado del lago donde se podía observar el perfil de la ciudad con sus edificios y rascacielos. Detrás de las construcciones, opuesta al sol, se veía la fuente de esa luz elevándose con brutal rapidez y alcanzando en pocos segundos una altura superior a la de muchos edificios cercanos a ella. Una mujer en el parque se cubrió los ojos pero pudo ver el lago y pensó que lo que se le había ocurrido era muy tonto: ¿el lago está ardiendo? No, imposible, pero el pensamiento se quedó en el aire – por decirlo de alguna manera. Ricardo vio también el resplandor y le pareció ver en él la puerta del Paraíso. No sintió miedo, sino la emoción de quien está por emprender un viaje largamente esperado. Su visión pasó de la brillantez casi insoportable a la oscuridad repentina cuando todo su cuerpo se sublimó al ser alcanzado por la explosión y los últimos retazos de su mente se transportaron nuevamente a ese momento cuando él, junto a sus compañeros de lucha, terminaron de armar la bomba que acababa de detonar destruyendo una de las ciudades de los infieles justo como en otras partes del mundo otro centenar de artefactos elevaban columnas de luz y de humo que quemaban las gargantas antes de que fueran capaces de emitir un grito de terror.


Cuando la ceniza cayó y el humo empezó a disiparse, silenciosas ruinas daban sombra a los caídos. Los sobrevivientes pronto se unirían a los que ya habían partido. Los niños ya no jugaban, las familias ya no reían, las cometas y los barcos se volvieron cenizas, los perros ya no trotaron y las parejas dejaron su sombra impresa en el lugar en el que habían estado demostrando su amor mutuo. Ricardo y el resto de los soldados de esa guerra santa habían luchado por traer el reino de su dios al mundo, y ahí, bajo un sol oscurecido por las nubes que transportaban el veneno que intoxicaba al planeta lentamente, entre las ruinas de ciudades y restos de personas que parecían estar aún confundidos sin saber qué les había sucedido, entre ríos de sangre al mismo tiempo culpable e inocente se encontraba su idea de la gloria. Esa era su versión del Paraíso en la Tierra.

Iosephus Dixit.

3 comentarios:

Señorita puta y poeta dijo...

No estamos tan lejos de eso.

Felipe de Jesus dijo...

Definitivamente al estilo Dr. Iosephus... Difiero absolutamente de que sea el destino final, pero como historieta absolutamente publicable... buena suerte en el NaNoWriMo

El monares dijo...

Excelente la descripción de la escena. Nunca he podido entender eso de morir para redimirse, eso de inmolarse siempre se me ha hecho una mamada, en fin, muy bien escrito.